QUIEN LO PROBÓ LO SABE

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Y al quinto día, descansé. Este es el psentimiento definitivo: por fin terminé mi segundo libro. Y sí, al final ha habido un pequeño cambio de nombre: del anunciado “El molino de los dioses” al apocopado “El molino de Dios”. Quizás porque, al final, Dios, como le pasa a las madres, a la verdad o a la conciencia, no hay más que uno. Todo lo demás son proyecciones subjetivas…salvo en el caso de las madres (y de esto no acabo de estar seguro del todo). Pero ya os hablaré de qué va el libro. Hoy me centro en el proceso.

He empleado en él alrededor de año y medio, mucho menos tiempo que en el primero, pero el esfuerzo ha sido de sudor liofilizado, concentrado cual comida de astronauta. Agotador, y agotado me siento. Vacío, porque todo lo que tenía lo he volcado aquí. Pero a la vez me queda una satisfacción de meseta, de largo orgasmo femenino, de felicidad moderada y constante. Eso me ha dado escribir. Constancia. No tanto referida al tesón en el trabajo -esa, gracias a Dios, siempre la he tenido-, sino a constancia vital, esa de andar por la vida sin grandes altibajos. Esa….estabilidad mental dentro de la locura oculta e inherente a cada escritor. Siempre he dicho que lo que mejor hago en esta vida es escribir, a lo que siempre añado que eso no significa absolutamente nada, al menos en cuestiones estilísticas o de talento. Es, como las creencias más inefables e importantes de nuestra vida, una cuestión intima. Una cuestión de fe. A cambio de esto -no hay dádiva envenenada que no devenga en dáliva-, me he vuelto solitario, más aún de lo que ya era. Es lógico, pensaréis, tantas horas  empleadas, tanto modo eremita en la intimidad de un cuarto. Sí. Pero el peligro es que esta soledad tiende a volverte cínico, duro como un cuerno, áspero como un serón de esparto, que diría mi padre…y dado a los símiles, salta a la vista. Es así. Es…parte del proceso, al menos en mi caso. El caso es que esto es algo que creo cuesta entender a los que te rodean, por mucho que se precien y preocupen de conocerte. Tan sólo quien probó esto de escribir lo sabe.A los que no, me gustaría decirles que ésta es una dedicación que sacrifica parte de ti, de tu luz, de tu magia. El proceso de escribir de corazón te eviscera, te da la vuelta -el haz por el envés-, deja sensible todo tu ser como una quemadura, y, al mismo tiempo, te cubre de una armadura bruñida a tachones y rayajos. Es dar la vida y el alma a un desengaño, y si esto no es amor -¿verdad, Lope?- que venga Dios y lo vea. Sería injusto por mi parte achacar esta…osificación sensible de mí mismo sólo a la escritura, o a Sthendal, ya puestos. Las cuitas vitales también suman, y mucho. Por eso en ocasiones echo de menos algo de comprensión, porque la sinergia de la soledad autoimpuesta y la devenida…pesa. Comprensión, que no empatía, porque entiendo la dificultad de ponerse en mi piel. La gente no es Ed  Gain (aunque de esto, como en el caso de las madres, tampoco acabo de estar seguro del todo). Pero bueno, que me pongo metafísico. Supongo que es consecuencia de ese vacío que te queda al terminar. Mera depresión post parto. Os aseguro que, a pesar de esta perorata de tintes negativos, soy uno de esos pesimistas peculiares que piensa que, al final, todo saldrá bien. Así que ahora toca llenarse de risas, de amigos, de sol y de cervezas, que ya tocará meterse en la parte editorial.

Pero eso, amigos, será en otra entrada.

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