UN NOBLE DESALOJO

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Ayer acabé una novela. Una novela corta, de poco más de cien páginas, pero novela al fin y al cabo. Y como era jornada de reflexión (y si no lo fue, visto lo visto, debería haberlo sido), yo, a diferencia de nuestros políticos, reflexioné. Y lo hice acerca de que lograr esto, cerrar una historia, nunca es fácil, pero que en esta ocasión ha sido particularmente difícil para mí. Ha habido momentos en que he sentido miedo de la obsesión que he tenido con esta historia. No, no he sido correcto. Eso era temor. El miedo llegó cuando me dí cuenta de que quien se había obsesionado era la historia conmigo. Sí. Sin darme cuenta, sin anónimo amenazante ni una mísera copa de por medio, ocupó mi cabeza, aposentó sus reales en mis meninges y me cambió la cerradura. ¿Cómo pensar en otra cosa que no fuera en ella? Durante estos meses ha sido mi Pepito Grillo, mi almohada, mi hombro y mi fútbol. Hasta que se ha hecho demasiado grande como para compartirnos; ha sentido deseos de emanciparse, de plasmarse, de dejar de ser algo abstracto. Y ante este desafío separatista de mí mismo, me he visto obligado —con la sutil ayuda de un forceps, cuadernos y algún lingotazo— a dejarla ser. Un abrazo, una maleta, suelto para el bus y adiós muy buenas. Es lo que tienen las historias. Todas. Malas y buenas, traten de lo que traten. Porque las volvemos reales al pensarlas. Y, por ser reales, todas importan, porque todas poseen el potencial para arrojar una nueva luz al mundo, o para cambiar el pensamiento de una persona, lo que al fin al cabo vendría a ser lo mismo. ¿No somos cada uno un mundo, cuentan las leyendas y los libros de autoayuda? Pues eso. Y si esto es cierto, también lo es que pueden acabar con todo. Siguiendo entonces el mismo razonamiento de antes, pero a la inversa, también —y sobre todo— pueden acabar con uno. Por eso es que esta historia ha sido un parto, aparte de un ejercicio de travestismo y un viaje en el tiempo. El reto ha consistido en ponerme en la piel —y, lo que es más complicado, en la mente— de la Condesa Erzsébet Báthory, una dama de la nobleza húngara de finales del siglo XVI y principios del XVII. Jamás me había atrevido con una mujer como personaje principal, porque, como siempre recalco en las presentaciones, me precio de conocer de mí lo justo y necesario, muy poco a mis congéneres, y menos aún al opuesto y a la vez complementario. De ahí la dificultad de arrostrar un personaje histórico así, a lo que hay que sumar su luctuosa vida, por la que tristemente ha pasado a la posteridad: asesinó a centenares de doncellas, y realizó extrañas ceremonias con su sangre.
Yo me he querido alejar de eso, de lo escabroso, por manido y por presentado en multitud de publicaciones, y me he querido centrar en el contexto histórico y político de la época, para situarnos y para situarla, para ver las grandes diferencias éticas y morales que existían entre su época y la nuestra, y, particularmente, sumergirme en su psique, en las causas y las motivaciones que pudieron llevarla a tales desmanes. Y no lo hago con pretensiones de justificarla, ni mucho menos, pero sí de de presentar la crónica de una locura tan diáfana y salvaje como difícilmente se ha visto otra en la historia, desde un prisma íntimo y muy personal. No sé si lo habré logrado, pero al menos, he logrado emanciparla de mí, que ya es mucho.

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MALDITOS ESCRITORES

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Qué bonita prensa tiene el escribir. Qué epatante resulta el decir que arrostras diariamente con arrojo y denuedo de otro tiempo el folio en blanco, como si en vez de ir a garrapatear cuatro putas palabras fueras a escalar el Himalaya a pelo y sin oxígeno.
Qué bien queda el darte de escritor; decir cuando te presentas «hola, soy escritor», o plantarlo así en una camiseta, o imprimirlo en una taza de regalo donde desayunar corn flakes, que en inglés mola más, mr. writer.
Cómo farda el soltarlo así, como quien no quiere la cosa, en la barra de un bar frente a unos ojos verdes encastrados en unas curvas de infarto, o cuando te presentan a unos amigos de tus amigas (que son tus amigos), o cuando tu madre lo comenta a las compañeras de banco en la misa dominical. Qué bonito, qué bonito. Que se besen, que se besen…ah, no, eso no. Solo quería hacer un apunte tan modesto como subjetivo a todos los escribidores que, como yo, se dedican, con mayor o menor suerte o talento —porque no, no monta tanto— a esto: estamos malditos. ¿O es que no os dais cuenta? Pues insisto: ES—TA—MOS—MAL—DI—TOS. ¿Es que a vosotros no os pasa? ¿Es que para vosotros esto no es una obsesión, la OBSESIÓN, así, en mayúsculas, y no la gilipolluá de dar un par de vueltas antes de salir de casa por si te has dejado unas luces encendidas? ¿No os sucede que cuando tenéis una historia en la cabeza no para de corretear con sus uñitas afiladas por vuestras meninges? ¿No se cansa de empujar desde dentro vuestros ojos, de pellizcar vuestras partes pudendas? ¿No os volvéis más irascibles, no buscáis la soledad como salida cuando todo —incluido vuestra visión— se vuelve un túnel? Y si la historia no arranca, no avanza, si las palabras se anquilosan, si lo escrito resulta hueco, si sentís que no habéis dado lo suficiente de vosotros mismos, que no os habéis eviscerado —porque solo desnudarse no es suficiente,amiguitos, y lo sabéis—, que no habéis dejado que vuestras tripas permeen lo suficiente en el folio… ¿entonces no sentís la tentación de golpear a alguien? ¿De llorar? ¿De mandarlo todo a la mierda y dedicaros al bello arte del origami, o a la lucha grecorromana, o a ver el reallity (sic) de las Campos?

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¿Vuestras noches no se vuelven rebullir de carne y tela, calor, digestiones eternas? ¿Y el día mareado, como si la vida de verdad fuera un sueño y los sueños la verdadera vida, la única cosa real y tangible? Y esa lasitud con la que se todo se desenvuelve, en la que todo se mueve, que no es ni bucle, ni niebla, ni limbo, ni la madre que la echó. Pero así pasan los días, cansado de estar cansado, ahíto de soñar, dispuesto a dar tu vida por despertar del sueño de Adán y encontrar la verdad como decía Keats —heurística utopía—, pero siendo incapaz de aprehenderla.
¿No sentís la locura rondándoos de continuo, como una voz en off —esa que habla en boca de personajes en vuestra cabeza mientras intentáis mantener una conversación coherente con alguien—, como una amiga on the hook (venga la mula al heno), como una piel que no acabas de mudar, como la cavidad de un diente que no puedes dejar de explorar con la punta de la lengua? ¿Que si el día menos pensado cualquier mínimo suceso pudiera empujaros definitiva e irremediablemente a sus brazos dementes, la acogeríais gustosos, porque así al menos tendríais una explicación —y un informe médico, de paso— para justificar todos estos síntomas de mierda que tenéis? Igual no es esto lo que os sucede. En ese caso…qué suerte. O no, qué se yo. Quizás todo esto que he escrito sea una broma y a la vez lo más serio del mundo, y puede que en esto consista escribir. Quizás ser escritor consista a su vez en ser un bienqueda, un anhedonista, un alérgico del sufrimiento…sobre todo si este es propio. Y quizás yo resulte un mal ejemplo de amanuense. Quizás me gusta la mala prensa, las tazas, las camisetas estampadas y ligar en los bares. Quizás me pone haber hecho aquí un Bukowski y haber logrado por fin escribir algo verdaderamente sincero, algo que por fin me ha salido de las tripas y a lo que no he dado mil vueltas. O puede que yo sea todo lo contrario: el típico sufridor por genes y por sangre, el romántico del XIX, el lobo solitario y desdentado comepapillas al que todo jode y bufa y al que solo le queda el consuelo del pataleo. O tal vez sólo soy un idiota que únicamente busca llamar la atención, que está lleno de ruido y de furia, sin significado, que en realidad no quiere ser escritor, sino vivir escribiendo. O un idiota que no distingue el hábito del hombre. Disculpas, señor Faulkner, mea culpa señor Blake. Igual solo soy yo, y como William, un maldito. Maldito por escribir.
Malditos escritores…

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HIPOCRESÍA

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El 6 de junio de 2015, dos periodistas eran tiroteados mientras retransmitían en directo. Esta era mi reflexión.

«¿Vosotros habéis visto las imágenes del tipo que dispara a bocajarro a dos periodistas? ¿Habéis contemplado con expectación cómo aparece la pistola en primer plano? ¿Os habéis asombrado de que no tiembla, de la sangre fría con que graba todo en el móvil? ¿Habéis esperado ese par de segundos que tarda en disparar, y se os han hecho laaaaargos? ¿Os habéis pasado, tal vez sin ser conscientes de ello, la lengua por los labios? ¿Vosotros habéis pensado que al final no iba a hacerlo, pero a la vez estábais deseando que lo hiciera? (Dispara ya, quiero verlo, necesito verlo). ¿Os habéis dado razones a vosotros mismos que os han parecido falsas, huecas…pero habéis seguido sentados en el sofá, sin convicción moral -ni putas ganas- de cambiar de canal? ¿Habéis intentado justificar vuestro morbo con un “toda la peña ya lo ha visto”? ¿Vosotros habéis visto la sangre en el jersey de la del micrófono, pero os ha parecido que no era tanta como en las películas? ¿Que nada era para tanto, de hecho? ¿Habéis querido algo más que gritos que no arañan vuestras conciencias y cámaras que se mueven y enfocan mal el dolor? ¿Habéis deseado más sangre, más muerte? ¿Vosotros habéis pensado que esa misma mierda la veis todos los días en el telediario, en Gaza, en Siria, en Afganistán…y que no la dan tanto bombo? ¿Habéis sentido excitación, un tirón en la entrepierna, incluso? ¿O no habéis sentido nada, lo que es infinitamente peor?
¿Vosotros?
¿Vosotros también?»

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El 6 de junio de 2015, dos periodistas eran tiroteado mientras retransmitían en directo. Esta era mi reflexión, y vuelvo a repetirla hoy porque, desgraciadamente, nada parece haber cambiado: los medios informativos retransmiten en directo el puñado de muertes que provocan la intransigencia política y religiosa, por el chovinismo obsoleto y decadente de la vieja Europa, que ya no tiene más convicción ni fe que en el el ego. Y en el dinero, por supuesto. Atentados puntuales que ocurren en el barrio de al lado, en la ciudad al lado, que afectan a gente que se parece a nosotros. En el minuto de gloria con que los medios les honran por el mero hecho de haber muerto aquí, aparecen sus fotos, sacadas de sus redes sociales. Se les suele ver sonrientes. Majos, además de limpios y aseados. Y, sin embargo, en conflictos que se llevan perpetrando desde hace años (Siria, República Centroafricana, Yemen, Sudán del Sur…), permitidos y hasta auspiciados por los intereses políticos de distintas potencias —y el que esto sea de sobra conocido no lo hace menos grave, sino que nos convierte a todos en partícipes en cierta medida—, con decenas de miles de muertos y con millones de desplazados, eso, esto, nos parece ajeno. Esa gente morena o negra que se aferra a un bote salvavidas, que se amontona en cunetas o pavimenta con sus cuerpos tiesos las carreteras, que se mueven como zombis sucios de mirada vidriosa entre los escombros de ciudades con nombres exóticos, esos, ELLOS, no los reconocemos como nuestros. No nos reconocemos en ellos. Nos parecen otros, lejanos, una raza aparte de parias habitantes de una realidad paralela a la que solo se puede acceder a través de una pantalla. Y los medios se complacen en llenar sus parrillas con el bocado caliente de esas cuantas muertes cercanas, locales, afines, de alimentar nuestro morbo henchido y nuestra conciencia vacía, de informar desinformando o de desinformar informando, que tanto monta. Y lo otro, los otros, olvidados, invisibles.

Esto es hipocresía.
Esto es la civilización, amigos.

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¿QUÉ VES AQUÍ? (2)

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¿Qué ves aquí, Elías?

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Veo…su cara.
La cara de Lázaro, la cara de mi hijo. Intenta hablarme y sus palabras son colores; sus letras ocres, fucsias, ámbar y verdes.
Es la sinestesia de la locura.
Veo…belleza.
Sí, belleza. La belleza fría de la piedra, de un altar de huesos, de la muerte, el segundo arquetipo más antiguo que los hombres pergeñaron, la almohada que usábamos en las cavernas para protegernos del mal.
Y veo terror, claro. Terror porque en el camino doloroso que siguió Lázaro para responder a sus incógnitas encontró la verdad al final del camino, el rostro de la conciencia, de la gnosis, el conocimiento absoluto. Y eso le enloqueció, porque no estamos preparados para afrontarlo.
Y veo un terror mayor aún al saber que yo visto la piel de mi hijo, que soy la horma de sus zapatos y su destino, y que debo recorrer su mismo camino. Para comprender. Para comprenderlo.
Es mi sacrificio como científico, pero sobre todo como padre.
Esto es lo que veo.
Veo el principio y veo el final, como he dicho. No hay camino que no tenga fin, y yo veo un camino porque yo mismo soy camino, y camino hacia mí mismo.
Este es mi apocalipsis, el velo de mi templo a punto de descorrerse.
Veo lo que me despierta todas las noches a las 3 de la madrugada, el demonio que me acecha mientras escribo mis memorias, el mar que me atrae con su voz de sirena y rompientes.
Y veo el camino que los sueños de Lázaro prometieron a sus esperanzas. Veo al mismo Lázaro a punto de dejar de ser y con eso pasar a formar parte del infinito, el que comprende todas las afirmaciones y todas las respuestas.
Le veo acercándose más y más a Dios, el arquetipo más antiguo del inconsciente colectivo. Tan cerca…como aquella vez en que, siendo él un niño pequeño, le habló. O creyó que le hablaba, que al final resultó lo mismo.
Porque eran palabras.
Y la palabra, claro, es Dios.

(Elías es uno de los protagonistas de mi próxima novela, “El molino de Dios”. Y aquí le enfrento a la portada, de la que él,  como el resto de personajes, es responsable en mayor o menor medida. 

Y esta es la voz que le imagino, y estos de aquí, los que pienso como sus pensamientos.

Habrá mas entradas en las que el resto de personajes también tendrán que enfrentarla.

Y yo, como he hecho durante dos años, seguiré dándoles voz… mientras ellos se dejen).

 

 

¿QUÉ VES AQUÍ? (1)

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¿Qué ves aquí, Lázaro?

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Veo mi cara.
Esto es un espejo, ¿no? Pues… veo mi cara, y sonríe, y sonrío, porque las calaveras siempre sonrien. Quizás porque estar tan cerca de la muerte me descubra por fin lo que significa la vida; quizá porque estoy a punto de liberarme definitivamente del dolor de huir, de buscar, de esconderme. Del dolor de no ser.
Sonrío porque voy a conocer de primera mano la futilidad de la fe.
Contemplo mi rostro y veo…un portal, la entrada al laberinto de mi propia vida, la expresión más real que puede darnos el ser humano de qué es la ciencia. Y la ciencia es un osario, un objeto estático, muerto; un reflejo pálido de la realidad que ellos, los que me persiguen y a los que persigo, nos dejan ver, y que no vale para explicarme nada, nada, nada…
Es mi rostro, y sueña, porque…¿no tienen derecho las pesadillas a soñar sueños agradables? Es el instante de lucidez del loco, la luz de las alucinaciones, la iluminación de la locura. Y llega un momento en que, de tanto soñar, los sueños se vuelven sólidos. Se vuelven tres, y son cáscara de pensamiento frágil y quebradizo sobre la yema caliente de los recuerdos. Tres sueños-recuerdos puestos en su nido, en mi  Gólgota, en mi corona de espinas particular.
Omne trinum perfectum.
Toda tríada es perfecta, ¿verdad, Virgilio?
Tres, siempre tres. Son cáscara, clara y yema;  materia, intelecto y espíritu; pasado, presente y futuro; principio, mitad y fin.
Eso es. Eso son. Eso soy: todo. La eternidad. La simultánea posesión de todos los instantes de la vida, la memoria proyectada hacia atrás y de mí hacia el futuro.
Y mi futuro es una cara de hueso.
Tres, siempre tres. El tres me persigue. Como ellos. Por algo es su cifra.  Es el número de lo divino. De la Santísima Trinidad.
Veo, veo…
¿Qué ves, Lázaro?
Veo…
Veo…
 …a Dios, mostrándose en los mismísimos pliegues del cielo.

(Lázaro es uno de los protagonistas de mi próxima novela, “El molino de Dios”. Y aquí le enfrento a la portada, de la que él,  como el resto de personajes, es responsable en mayor o menor medida. 

Y esta es la voz que le imagino, y estos de aquí, los que pienso como sus pensamientos.

Habrá mas entradas en las que el resto de personajes también tendrán que enfrentarla.

Y yo, como he hecho durante dos años, seguiré dándoles voz… mientras ellos se dejen).

DIOS NO JUEGA A LOS DADOS

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“«Cuestión de segundos». Tres palabras para expresar que algo, bueno o malo, nos ha sucedido o ha estado a punto de sucedernos, con intervención mas o menos directa nuestra, en una escasísima fracción de tiempo. Es el intento fútil de traer a nuestro nivel todo aquello que no logramos explicar; tratar de poner en palabras la intervención de algo tan abstracto como el azar, la suerte, el destino o las coincidencias. Quizá para tratar de hacernos creer que esas cosas existen, que tienen vida propia, alguna intención fuera de nuestro entendimiento, y que no se deben a nuestra voluntad o a nuestra carencia de ella, a nuestros anhelos, a nuestros deseos. De esta manera no nos vemos obligados a preguntarnos qué produce esa suerte, cómo se controla ese destino, quién tira los dados del azar y entreteje las coincidencias. Bastante tenemos ya con lo nuestro, ¿no? Bastante jodida es la vida cotidiana, llegar a fin de mes, aguantar al jefe, a la suegra o a la mujer. ¿Por qué pensar más allá, entonces? Todo esto es filosofía barata, invenciones de tipos con demasiados estudios, mucho tiempo libre y muy poca vida. Nosotros forjamos nuestro propio destino, abrimos nuestro camino, creamos nuestra suerte. Y las coincidencias son mera cuestión estadística: realizamos tal cantidad de acciones a lo largo del día, y otro día, y otro, que es normal que algunas se repitan o armonicen. Lo dicen las matemáticas, las que devuelven el cambio en la panadería y desgravan el IRPF de las nóminas, y esas, desgraciadamente, no mienten.

Pero pensemos un poco. ¿A quien no le ha sucedido al menos una vez en la vida algo tan extraño, tan endiabladamente complejo, que le ha parecido imposible de explicar, de entender, de poner en palabras y en números? Algo en lo que intuimos más, que nos excedesobrepasa, que escapa a lo humano, para lo que no nos llega la razón. No levanten la mano todos a la vez, por favor. Y es que hay una sola certeza: hay azares que parecen reírse de nosotros, y existen la mala suerte, los destinos entrecruzados y las coincidencias que los logaritmos no pueden cuantificar. Miren esto si no:…”

 

Este es un fragmento de mi próxima novela “El molino de Dios”. Y no ha sido el azar lo que me ha llevado a subirlo hoy aquí. Dejemoslo en que ha sido una…sincronicidad. El motivo es que me he topado con un artículo del físico norteamericano Michio Kaku, uno de los padres de la teoría de cuerdas, donde afirma que “estamos en un plano regido por reglas creadas y no determinado por azares universales. La prueba es que el universo podía ser caótico y absurdo, pero en cambio es bello, armónico y regido por reglas matemáticas sencillas.”. Parece una explicación demasiado sencilla en base a una analogía discutible. Pero yo estoy de acuerdo. Y con Einstein, ya puestos: Dios no juega a los dados. Pero claro, esta es tan solo mi opinión, y…¿Quién dice que no pueda estar sujeta al azar?

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FILIAS Y FOBIAS

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Sufro de anglofilia y de bibliofobia. Pero nada de good save the Queen (aunque sí a Freddy Mercury) o que tema al juicio kafkiano del Dios de los Evangelios. No. Admiro lo inglés (para escribir, esencialmente), y temo a los libros (al mío, concretamente). Explico ambas cosas, juntas y revueltas, que es como me vienen a la cabeza. Quiero escribir como Clive Barker, encontrar la belleza en el peinado de púas de un cenobita, quiero salir del camino trazado porque otros ya lo anduvieron, quiero construir mitologías y matar dioses, ser el niño que entreteje mundos y el ladrón que roba días.
Quiero escribir como Neil Gaiman, deambular como una Sombra que tenga cuerpo y alma, que los dioses se fijen en mí y que la locura me mantenga cuerdo, encontrar el estanque al final del camino donde los niños pierden la inocencia, escribir el guión de los sueños del mismo Morfeo, narrar igual que Anansi, cuyos cuentos cuentan los niños cuando las madres no están, y las mujeres cuando los hombres guerrean, y los hombres cuando las mujeres les dejan.
Quiero escribir como Dan Simmons, meterme en la cabeza de siete personajes y ser a la vez uno y todos, que un Alcaudón omnipotente encarne lo mejor y lo peor del mundo, ser un viejo superviviente luchando contra el confort de la carroña, estar en la India y que Kali me roce con sus dedos ensangrentados, ser espía inglés de pelo en cuerpo y martini de sangre agitada y revuelta, y ser azul, un mar azul de relatos, porque la locura es definitiva y profundamente azul.
Sí, porque quiero, como ellos, ser comadrona loca de la realidad, y hacer de la imaginación mi norte. Porque creo, como ellos, en el poder de la fantasía y los sueños, porque dan forma al mundo. Porque a veces atisbo, como ellos, un mundo subyacente al nuestro que a veces lo roza, y lo infecta. Y quiero, como ellos, tratar de describir lo que retumba en mi cabeza hasta donde las palabras me alcancen.
Y tengo miedo de mi novela…por esto mismo. Porque tengo puestas en ella todas mis palabras, y todas mis palabras provienen de ellos, y de otros como ellos, escritores americanos o ingleses que poblaron mi niñez y que ahora no consigo —ni quiero— quitarme de encima. Palabras raras, ampulosas, personajes peculiares, porque lo corriente no remueve, tramas abstractas y complejas, porque tratan de abarcar mundos, almas, conciencias, de moldearlos cuando no encajan, de crearlos, como taumaturgos, si hace falta.
En eso creo, por eso sufro. Y espero. Pero que todas las esperas —y los sufrimientos— sean siempre como esta: a causa de las palabras que uno mismo ha alumbrado.

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