De reseñas, reflejos, confesiones y latidos.

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Como el reflejo de un espejo que a veces, (solo a veces, gracias a Dios), parece tener vida propia, esta reseña del blog mexicano MetaCrónica (abajo, en el enlace) enfrenta el momento histórico que vivimos hoy en día con el suyo, el de ella, el de Erzsébet Báthory, la protagonista de la novela: distintas formas de reclusión, separadas por océanos de tiempo, por el dolor de las pérdidas, por la fe puesta en la religión, en la ciencia o en la magia. Tanto monta. Porque casi todas las situaciones que entroncan con lo visceral, con lo íntimo, con lo sentido…acaban pareciéndose. El sufrimiento iguala por abajo.

https://metacronica.com/la-dama-palida/

También me señala esta reseña —como otra anteriormente, como la opinión de un par de conocidos— que la novela se ha quedado corta. No en cuanto su alcance, sino en cuanto a extensión. Personalmente entiendo que, logrado lo primero (el objetivo que persigue todo escritor), lo segundo es accesorio. Preferible incluso lograrlo con menos. Y continúa la reseña diciendo que podía haber tenido un mejor resultado si hubiera concretado los porqués.
Curioso: entiendo que otra acotación de la misma reseña, concretamente en su inicio, se desdice, y explica al mismo tiempo tanto lo uno —la extensión— como lo otro:

«Y así como hay varias perspectivas que tratan de explicar el porqué sucedió así, también hay varias que tratan de explicarlo con un toque más personal, más íntimo y menos llevado a la locura. Esto es lo que vemos en La Dama Pálida de Mario Peloche Hernández.»

Equilicuá. He tratado de transitar por los lugares menos comunes de una historia de por sí trillada. Y lo he hecho desde la intimidad, desde la intención de soslayar lo luctuoso, de centrarme, como escritor egoísta, en las partes de la historia que me hubiera gustado descubrir como lector. Y, de esta, de ella, conocía los múltiples asesinatos, su fijación por las jóvenes, algo del contexto histórico, un poco de sus acompañantes, nada de sus motivaciones. Y, con respecto a estas, me he contentado con exponerlas —porque nadie, a día de hoy, sabe a ciencia cierta cual fue la causa o causas de su locura—, con ofrecérselas al lector en primera persona, desde la raíz del sentimiento, del dolor pasado por el prisma de la belleza de la prosa poética, en su voz, en la voz de ella:

«sentimos cada emoción descrita por los personajes como nuestros, como si fuéramos una suerte de sacerdotes que le dará la extremaunción. Este es, quizá, el punto más fuerte del libro»

Así, deberá ser ese lector, transmutado en esa suerte de confesor o sacerdote, el que deberá interpretar sus palabras al ritmo de su propia respiración, y el que, llegado llegado el momento, deberá dejar a su corazón, en la sístole de un sobresalto o en la diástole de una pena, que elija y dicte sentencia.
Erzsébet sabía mucho de esto.

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LA DAMA PÁLIDA

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Nunca pensé que fuera a escribir sobre ella.

Pensé que estaba todo dicho.


Pensaba que Polidori, más tarde Le Fanu con su Carmilla y después Stoker habían copado todo el mito del vampiro. Incluso leer las variantes más poéticas y líricas de esta biografía extremadamente cruel —el “Ella, Drácula” de Javier García Sánchez y “La condesa sangrienta” de Penrose y Pizarnik— no me animaban a ponerme en su piel.

Pero un día, casualmente, como casi todo lo importante que nos ocurre en la vida, me enteré de un dato que desconocía sobre ella: Erzsébet Báthory, la condesa sangrienta, la alimaña de Cetje, la dama pálida, había pasado casi cinco años emparedada en su propia habitación, como castigo por los crímenes atroces que había cometido. El rey Matías de Hungría no se atrevió a ajusticiarla por miedo a la reacción de las casas nobles de Hungría, y allí quedó ella, encerrada entre piedras, en una oscuridad casi completa, en una habitación tapiada cada vez más fría y sucia conforme transcurría su cautiverio.


Y lo que es más importante, lo que me hizo desear escribir sobre ella: confinada entre las paredes de hueso de su cráneo.


Cuánto sabemos de eso ahora.


Pero nadie así encerrado, nadie, tenía su terrible pasado.
¿Qué aves oscuras —me pregunté entonces — poblarían esa jaula? ¿Qué gritos no dejarían de resonar por el laberinto óseo de su memoria?
Eso fue lo que me impulsó a tratar de dar un una nueva visión sobre ella, a tratar de hablar como ella, a tratar de hablar por ella;
A convertirme, en cierta manera, en ella.

Cierto que la hice acompañar de los que fueron fueron importantes en su vida (su esposo Ferenc, Fizckó, el hombrecito que le ayudaba a conseguir doncellas, los dos párrocos y un largo etcétera), pero todos ellos no dejaban de ser una cohorte de fieles donde la sacerdotisa y la diosa era y es es ella.


Y me documenté. Y escribí. El resultado, tras un largo y tortuoso camino —como no podía ser de otra manera tratándose de ella—, está aquí. Es este.


Bienvenidos a la galería de ecos y espejos de su mente.

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CATARSIS

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(Relato)

Ahora que estoy encerrado me liberan las palabras. Palabras de un ser desesperado que actuó del mejor modo que supo, pero que fue el equivocado. Lo hice por ti, y por la niña, porque no teníamos nada, salvo hambre y desesperanza. Robar comida no debería ser delito sino prebenda. Pero no lo es, no en esta dictadura absolutista, no en este siglo XIX que recién comienza, no en este país otrora rico que los de arriba y los de fuera, con sus malditas guerras, han vaciado de tripas, corazón, alma y riquezas. Y aquí me pudro, en esta cárcel, en esta mísera celda, mínima de espacio y repleta de mierda, compartiendo con cuatro inocentes tan culpables como yo la condena de las rejas, que es llevadera, y la de no tenerte, que es la eterna, la que de verdad consume y aterra. Me liberan palabras, te digo, que ojalá leer puedas, aunque hablan de miserias: del agua sucia que a cuentagotas llega, del mendrugo de pan seco y la sopa boba; caldo con suerte, si suerte hay de que un trozo de carne náufraga vare en ella; de nuestros anfitriones, carceleros, hombres como nosotros aunque, cuando entran y sin motivo una paliza asestan, no lo parezcan. Hombres, son solo hombres, me repito mientras me hago un ovillo y me cubro la cabeza. Pero las patadas llegan; hombres ni mejores ni peores que yo, a los que les sonrió la suerte o les esquivó la desdicha; a los que la perra vida o el hado quitó, durante un instante, su inmisericorde ojo de encima. Pero no era este mi alegato. Es el miedo, negro sobre blanco, quien maneja mi mano. Solo os quería solicitar tres cosas: a ti, María, mi esposa, amada mía, el ser perdonado. Por no llegar a ser el hombre que siempre quise, y que permeara como agua infecta en ti mi desánimo; a ti, Rosario, mi querida hija, nuestra dulce niña, que crezcas siendo una persona de bien, porque al que es bueno solo le pueden quitar la dignidad y siempre deja bondad por legado. Y a ambas, que me olvidéis. Que viváis una nueva vida en la que yo no sea más que el borrón en un cuaderno ajado; en la que seáis todo lo felices que las circunstancias no os permitieron ser en mis brazos; en la que el pasado que yo represento quede, aquí y por siempre, sepultado. Porque el amor por vosotras del que estas palabras firma pervivirá al olvido y, si hace falta, al juicio sumario que todo hombre ha de arrostrar al final, sea libre o esclavo.

ENTREVISTA CAPOTIANA

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Una entrevista verdaderamente diferente realizada por Toni Montesinos, crítico literario del periódico “La Razón” y redactor jefe de la revista “Qué Leer”.

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Mario Peloche.


Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?

Cádiz, como lugar, como símbolo accidental de mi nacimiento y como canto continuo de sirena; y  el regazo de mi chica —mi hogar y refugio— como…todo.

¿Prefiere los animales a la gente?

Sí, en muchos casos y ocasiones. Y si esos animales son perros, difícil lo tienen las personas.

¿Es usted cruel?

Tengo esa querencia y aptitud inherente al hombre medianamente inteligente de poder hacer daño con mis palabras. Me cuido de emplearla lo menos posible. No siempre es posible resistirse, claro.

¿Tiene muchos amigos?

Tengo pocos buenos amigos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos?

No creo que las buscara conscientemente, pero, por fortuna, las he encontrado: gente sencilla, buena gente.

¿Suelen decepcionarle sus amigos?

En muy pocas ocasiones.

¿Es usted una persona sincera? 

Mucho, y me cuido mucho de basarme en el respeto, la educación y la empatía a la hora de ejercerla sobre una persona.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?

Leyendo, escribiendo, viendo cine, haciendo deporte y con mi familia. 

¿Qué le da más miedo?

Los tiburones, envejecer, perderla.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?

Presumir de la ignorancia.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?

Ser periodista.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico?

Correr, senderismo…

¿Sabe cocinar?

Lo justo y necesario, con un par de especialidades de las de epatar a las visitas.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?

A Vasco Núñez de Balboa. O a Stephen King.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?

Amor, sin duda.

¿Y la más peligrosa?

Indiferencia.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien?

No. Pero igual si he deseado para alguien en alguna ocasión un accidente con consecuencias leves.

¿Cuáles son sus tendencias políticas?

Sintiendo poca pasión por la política (“hartazgo” creo que define mejor mi sentimiento), más de izquierdas que de derechas, en tiempos en los que creo que el sesgo o la tendencia política es cosa del pasado, y que poca diferencia hay ya entre una ideología y otra.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?

Tantas cosas…mujer, madre, pájaro, delfín,…

¿Cuáles son sus vicios principales?

La impaciencia, la frustración, la exaltación a veces…

¿Y sus virtudes?

La pasión, la fuerza de voluntad, la defensa de mis ideales, querer…

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?

El sol en mi cara cuando de recién nacido me sacan por primera vez al balcón-un niño que aún no sabe andar y que gatea por la arena hacia el mar-las risas de mi familia unas Navidades-mi bisabuela fallecida en la cama-no el primer beso, sino aquel que detuvo el mundo-la carta que donde me anuncian que publicaré mi primer libro-mi primera novia/mi primer amor verdadero/mi último y verdadero amor-mi madre, claro-el mar, porque me ahogo en él, y por lo que siempre significó, para mí, el mar.

COMO AGUA DE MAYO

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―¿Qué te parece la talla, Cayetano?

Cayetano calla mientras mira hacia la hornacina que contiene al santo. Se rasca la barba, como hace siempre que reflexiona, sin ser consciente de ello, y piensa que si no le hubieran llamado con tanta premura, le hubiera dado tiempo a rasurarse un poco.

«A ese tampoco le vendría mal. Y el pelo, ya puestos.»

La figura de madera le echa una mirada atemperada. El pelo y la barba largos, como el San José que ponen en la plaza por Navidad. Una túnica marrón oscuro con cuello lo cubre. La mano derecha sostiene un cayado, y la izquierda, medio alzada, sujeta el manojo de espigas con el que hace honor a su apodo. «El Labrador. Como yo. Aunque este no tiene grietas en las manos.»

―Me gustaba más la antigua, Antonio, qué quieres que te diga. Ya sabes, los bueyes uncidos por el ángel, y San Isidro arrodillado, rezando mirando al cielo, como debe de ser, y no de pie, como este.

―Pues es lo que hay. Y al tallista de Zafra le precede muy buena fama.

―Buena puede ser, pero poco parece para lo que ha costado.

―No te hagas mala sangre, Cayetano, que entre todo el pueblo no nos ha salido por tanto.

Cayetano rezonga por lo bajo. 1000 pesetas. Mil pesetas, una detrás de otra. Retuerce la boina entre las manos. Muchos jornales son esos. Y de San Miguel a mayo, cuesta más ganarlos. Pero claro, para el otro no son tantos, por eso habla de esa forma. Siendo manijero, ya puede. Pero él no es más que un sota, un pericón, y preparar las migas para la cuadrilla y aparejar las mulas no da para mucho. Y puede darse con un canto en los dientes. La mayoría en el pueblo no tiene ni eso.

―¿Y todos han puesto su parte?

―Eso solo lo sabe seguro el Venancio, que le ha tocado presidir la cámara agraria. Pero según dice Paco “el colorao”, que está siempre a vueltas con él, tan solo faltan algunos de los eventuales.

Cayetano vuelve a gruñir por lo bajo, retorcimiento de gorra incluido. El colorao es un cacique, un correveidile siempre arrimado al sol que más calienta, y no se fía ni media de lo que dice.

Le extraña que esos sean tan pocos. Bastante tienen encima. Teniendo que mendigar cada día, apenas amanece, un mísero jornal en la plaza, y las más de las veces volviéndose a casa con las manos vacías, a arrostrar la cara huera del día, el gesto hosco de la parienta, la súplica en la mirada famélica de los hijos. No son buenos tiempos para juntar una peseta, menos para encontrar un jornal. No después de las hambrunas, ni de las plagas de langostas que acabaron con las cosechas de garbanzos.

―¿Es hermosa, eh, hijos?

La voz ―grave, resonante, con querencia de ser escuchada― suelta del hilo de sus pensamientos a Cayetano. Se vuelve, y la figura rechoncha de Don Manuel, el párroco, con el atavío procesional encasquetado, se sitúa entre ambos.

―Hoy, 15 de mayo de 1918, es un gran día. Retenedlo en la memoria. Hoy, por fin el pueblo tendrá el rey que buscaba; un rey cuya casa es una parroquia, la de nuestra querida Señora de la Granada; su corona es la aureola que lo envuelve, y su espada, una humilde espiga. La fe de la gente en él, por medio de su divina intercesión, acabarán con las plagas y devolverán la vida a las cosechas.

Cayetano asiente, igual que Antonio. Ambos en silencio. Ambos abrumados por la labia de alguien acostumbrado a valerse de ella, sometidos por los sentimientos encontrados que las palabras y la euforia del párroco ―a medias entendidas, apenas compartidas― despiertan en ellos.

La desaparición de la anterior efigie del santo, un año después de acaecida, era aún motivo de conversación queda en las sobremesas, de cuchicheos en los mercados, de discusiones a voz en grito en el campo. Que si un robo, que si un traslado ordenado por la Diócesis, que si una venta bajo cuerda a algún anticuario sin escrúpulos…Pero ninguno de los dos hombre dice nada de esto, ni ellos ni nadie, porque Dios está en todas partes, y porque la Iglesia es la Iglesia, y gente más alta que ellos dos con ella, por menos, han topado.

Y porque, aunque no sepa expresarlo, Cayetano siente en su interior ―o quiere sentirlo, necesita hacerlo― que Don Manuel, en parte, tiene razón. La gente está desesperada, harta de malvivir, harta de no tener nada que llevarse a la boca. Ha visto cómo el corcho donde Antonio lleva la comida para los trabajadores es vaciado de momento, en un centelleo de manos y miradas afiladas. Ha presenciado con sus propios ojos como Clemente, el viejo repartidor de la tahona, fue asaltado en plena calle y despojado de la mercancía que llevaba por sus propios vecinos sin que nadie moviera un dedo. Ha tenido, como tantos, que coger cardos y borrajas para tener algo que llevarse a la boca tras las hambrunas que asolaron Fuente de Cantos por las sequías de 1904 y 1905, que asfixiaban de nuevo al pueblo. Vivió la revuelta de los obreros de 1906 por el derecho ―lícito, honesto, ellos eran los que se deslomaban en ella de sol a sol― de arrendar la tierra para trabajarlas colectivamente. Incluso él mismo había pasado parte de esa misma primavera pegando pasquines por el pueblo donde se amenazaba con la huelga de los trabajadores del campo, y sabía de buena tinta que otros habían llegado más lejos, quemando gavillas y campos de cereal.

Sí. A Fuente de Cantos solo le queda el alimento huero e invisible de la fe. Y a ella debían aferrarse.

De pronto, escuchan ruido a sus espaldas. Cuatro hombres se recortan en el rectángulo que la luz dibuja en la entrada de la iglesia. Reconoce a Lucio el de la Casilda, a Felipe Trigo, a Paco el herrero, a Juan Cano y al Macarro chico. Todos habían sido elegidos, al igual que ellos dos, por su condición de cofrades y de hombres jóvenes y recios, para sacar al santo por primera vez en procesión. Celebrarían la nueva adquisición, pero, sobre todo, le rogarían por ellos. Por todos ellos.

―Venga― de nuevo la voz que no admite réplica del párroco ―vamos a preparar al santo.

Entre varios hombres lo bajan y lo colocan en el paso (apenas dos viejas traviesas de madera sobre un armazón del mismo material) donde va a ser transportado. Organizándose por gestos ―tú aquí, quita, yo aquí― se van colocando los seis debajo. Cayetano es el primero por la izquierda. Todos a una lo levantan. A Cayetano le sorprende que apenas les cueste, como si el santo pusiera de su parte para ser alzado. Siguiendo las indicaciones de Don Manuel, se sitúan junto a la puerta. Dos monaguillos que han entrado por la sacristía sacan los postigos, y las hojas de la Parroquia se abren de par en par. El párroco sale el primero, escoltado por los monaguillos, y los devora la luz. El paso comienza a moverse, y así lo hace también Cayetano, por inercia. Y se siente como si lo alumbraran de nuevo al mundo. La oscuridad y el silencio de la parroquia se trocan en luz y algarabía. El día había empezado amenazando la lluvia que todos esperan ansiosos, pero ahora se ha puesto a disposición del santo, abriéndose. Solo arrecian aplausos y vítores, loas y salves al patrón que la gente, mustia de fatigas y penurias, lanzan a la imagen del santo en cuanto la ven. San Isidro es su agua de mayo. El párroco levanta en ese momento las dos manos, pidiendo silencio. La gente, dócil, expectante, obedece.

―La tierra ha dado su fruto; Dios, nuestro Dios, nos bendice―más gritos de júbilo y voces que el cura corta con el sesgo de su mano. ―Quiero deciros una cosa, y que se la contéis a vuestros hijos, y a los hijos de vuestros hijos: desde este mismo momento, y por intercesión de este nuestro santo, los que sembraron con lágrimas, segarán la mies con gritos de júbilo.

La mies aún no ha llegado ―Cayetano piensa que lo creerá en cuanto lo vea con sus propios ojos, como Santo Tomás― pero sí que lo hace el júbilo. Rompe como olas en la gente, ruidoso de bocas y pies. El cura deja que amaine, y luego, cuando cree conveniente, abre la multitud cual Moisés, con un simple gesto de la mano, y les dispensa la mejor de sus sonrisas, que los parroquianos corresponden con más aplausos. Se abre paso entre ellos, siempre escoltado por sus pequeños ayudantes, hisopo en mano, con el paso detrás, y dirigiéndose a la calle Mártires, en cabeza, los presentes se van agregando a la comitiva. La gente se asoma a los balcones: madres con niños de pecho en los brazos para que el santo los bendiga, ancianos que apenas pueden andar y han tenido que quedarse en casa a su pesar, laboriosas amas de casa con el puchero por un momento sin vigilancia. Los niños corren entre los integrantes de la comitiva y las amenazas quedas de sus madres, los murmullos reprobatorios de las vecinas y la letanía que Don Manuel no para de desglosar en latín ―Pater Noster, qui es in caelis…― y que la gente, mal que bien, repite. Continúan así por la calle San Roque, después por Arias Montano hasta llegar a la plaza de la Cruz. Allí, Don Manuel hace un alto. La gente espera otro discurso, pero se encuentra con un Gloria ( Gloria Patri, et Fili et Spiritui Sancto…) que los deja fríos. Y así, como si el sol, que tímido, aún asoma, no les alcanzara, los ánimos se van entibiando entre credos y padrenuestros. Solo la voz y el paso de Don Manuel se muestran firmes. Enfilan por la calle Espronceda, y luego por Zorrilla las calles de los escritores, otros que viven de palabras, como pensaba Cayetano―, la procesión una serpiente dormida. A Cayetano el santo empieza a pesarle en el hombro, como al resto de la gente parece hacerlo en el ánimo. Los rostros que observa, tirantes las mejillas, pálidas las facciones, no se iluminan ya por las miradas. Incluso el párroco parece darse cuenta del ambiente, porque cruzan por la plaza del Carmen sin hacer parada en ella.

«La esperanza es frugal», piensa Cayetano, «y a estos, el hambre les viene de lejos.»

La callada comitiva se encuentra de nuevo frente a las puertas de la Parroquia. La torre vieja parece observarles desde la altura. Un juez severo decidiendo si intercede o no en su favor.

Y Cayetano, para no pensar en juicios divinos, ni en el peso del hombro, ni en el vacío del estómago, piensa. Piensa, que pensar no cuesta dinero. Y si pueden hacerlo los ricos y los sabios, también puede hacerlo él, que no es ni una cosa ni otra. Y lo hace en las palabras. Las palabras, que son buenas, pero siempre que se entiendan. Que es bueno que la gente tenga esperanzas, pero siempre que se hagan realidades. Pero, ¿cómo va a hacerse oír el santo, cómo alejará las plagas, proporcionará cosechas y bendecirá los huertos… desde aquí? Aquí, en medio del pueblo, cercado de muros y calles, con solo un trozo de cielo a la vista. Al santo había que llevarle a los campos, para que posara su mirada en ellos, para que el viento moviera las espigas de su mano quieta, y oliera el ganado y la tierra recién arada, y le abrumaran los estorninos con su algarabía, y los grillos de atardecida. E imagina un día en que el santo, a diferencia de los señoritos, cumple lo que promete, y que el campo por fin da para todos. Que la gente, agradecida a su patrono, lo saca del pueblo y lo lleva de procesión al campo, lejos, lejos del pueblo. Porque el labrador tiene que estar en los labrados. Y que desde allí, vela por ellos, por todos ellos, por esas gentes de cuerpo enjuto y cara de lápiz, gentes buenas y malas, pero gente que al fin y cabo han depositado lo único que poseen en él.

En ese momento Cayetano mira al cielo. Las nubes que amenazaran al comienzo del día se están reuniendo de nuevo, el vientre oscuro, preñado de agua. «Es un comienzo, Labrador.» Y no puede evitar sonreír.

NUESTRA PARTE DE NOCHE

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«Nuestra parte de noche» es una novela que me reconcilia con la idea que yo mismo he perseguido y aún persigo de que se puede hacer una literatura buena —muy buena, de hecho—, formal y brillante, merecedora de premios literarios importantes y, a la vez, orlarla de un aura de misterio, engarzarla con elementos sobrenaturales y no por ello echarla a perder, sino, por el contrario, enriquecerla; hacerla más brillante, por más que hablemos de oscuridad.
Y quizá ahí radique su encanto: en la paradoja del claroscuro. Porque, parafraseándola, esta novela es el reverso de un fogonazo. Es la superposición (y la intersección) de la negrura de dentro, la interna, personificada en las esperanzas desesperanzadas de un niño, en su agria herencia de sangre, su dádiva, su envenenado legado, con la que se extrapola y sale de nosotros, la que nos rodea en el mundo donde vivimos y que se acentúa en épocas de miseria y represalias. Pero además es una epopeya, la que lucha contra el destino impuesto, con el aferrarse a la familia, por más que esta nos falle o nos use para sus propios fines; también es una oda a la amistad cuando hasta los amigos hieren y matan; y un libro de familia,  y una bitácora,  y una crónica de una época oscura de la Argentina —dictadura, represión militar, la plaga del sida…—,  y una panorámica del Londres populoso de los 70… Y, por supuesto, es un grimorio de magia.
En conclusión, una enorme novela, amplia, en el sentido literal y literario de la palabra, y hermosa, desasosegante y salvaje, como solo los más recónditos recovecos de la personalidad humana pueden ser.


EL CLAMOR DE LOS BOSQUES

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Los mejores argumentos jamás cambiarán al hombre. Lo único que puede hacerlo es una buena historia. Y si “El clamor de los bosques”, de Richard Powers, no logra hacerlo —quizás no en lo profundo, en el cámbium, pero ojalá en nuestra corteza—, entonces nuestro destino está escrito. Porque esta es una de esas buenas historias. Porque habla de seres sintientes, árboles y humanos. Y porque su deseo, como el de Ovidio, es el de exponer las transformaciones de los cuerpos en formas nuevas. Ah, que no lo entienden. Pues no se preocupen. Él (y yo) se lo explicamos aquí: plantas y animales surgimos de una misma semilla, de un mismo antecesor común, y divergimos en direcciones opuestas, en modelos biológicos muy distintos. En formas nuevas. Pero, con todo, seguimos compartiendo un mismo espacio y una cuarta parte de los genes. Ellos, Árboles de la Vida —Yggdrasil, Asvattha, Tāne Mahuta, Jian-Mu—, familia y primos lejanos, fueron dueños y dioses de la tierra millones de años antes de que apareciéramos nosotros.

Pero lo hicimos, por azar o porque, como ellos, éramos inmanentes al mundo. El caso es que brotamos entre llanto y sangre, asustados, hambrientos, insaciables; ascendimos por los árboles, los adoramos, aumentó nuestro CI y bajamos. Y en el camino que iniciamos por la sabana los olvidamos. Dejamos de verlos completos. Como la vida, pasaban a nuestro lado desapercibidos. No veíamos fotosíntesis, lluvia, nubes. Los trocamos en objetos, obstáculos, miedos; los dividimos en tronco, copa, raíz; los vendimos por sombra, madera, frutos. Y crecimos, y nos dividimos —blancos, negros y amarillos—, y migramos y medramos, en gran parte gracias a ellos. A costa de ellos. Construimos con su cuerpo cabañas, casas, mansiones; puentes, traviesas, vías; andamios, armazones, carretas, vehículos y barcos. Había muchos, eran muchos, eran útiles, y estaban mudos, perennes, quietos. No gritaban ante el hacha ni ante la llama. Ocupaban un espacio que nos pertenecía por derecho divino y humano, que tanto monta. Así que seguimos trazando el surco de nuestra historia a sangre, lignina y fuego. Revolución industrial. La propiedad y la dominación se convirtieron —más aún— en nuestro mantra y en nuestra razón. Arrancamos los pulmones de la tierra. Hicimos tabula rasa de las selvas, cultivos intensivos de los bosques. Monetizamos la tierra y nos abastecimos en serie, como serial killers de serie B, de todos los seres vivos de la tierra. ¿Qué queríamos de la vida? Todo. ¿Y cuando se tiene todo? Un poco más, como dijo aquel millonario americano de apellido de muñeco de ventrílocuo.

Un poco más. Solo eso. Hasta que no quede nada.

Pero lo peor de todo fue que lo más importante que olvidamos, que confundimos, es que no es nuestra historia la que sigue un camino, la que dirigimos con mano firme hacia un lugar ignoto. O eso es lo que nos obligamos a creer para poder conciliar el sueño cuando cae la noche. Qué ilusos. Es la vida la que lo hace. La vida, vida en general. La del mundo, la de todos, ese potencial inimaginable de deseos y voluntades. Esta es la única verdad. Dirán que me ando por las ramas. Lo hago, por supuesto. ¿No se trata de eso, de esto? Porque…¿sabían acaso que la palabra árbol y la palabra verdad derivan de la misma raíz? Quizá se deba a que la única verdad, por más que no queramos o no sepamos verla, es que la vida —la del mundo, la de todos, insisto— depende directamente de los árboles. Ellos son las verdades absolutas que nos enseñan en la escuela: producción de oxígeno, fijación del carbono, ciclo del agua, formación del clima, creación del suelo. Pero hay mucho, mucho más: fabrican ceras, grasas, gomas, taninos, resinas, corcho, alcaloides, medicinas; emiten sustancias para atraer o alejar animales; emigran al septentrión huyendo del calor artificial que provocamos; incluso algunos, antes de morir, envían sus reservas de sustancias químicas por las raíces a los hongos que viven en simbiosis con ellos. Así es: árboles dadores.

Y pensamos —porque, aparte de ser ilusos, creemos que el mundo gira alrededor de nuestro ombligo— que el altruismo lo inventamos los humanos…

Y queda lo mejor, descubrimientos recientes que superan lo imaginable: son la vida, y están vivos. Ya lo sabíamos, me dirán. Y son sensibles. También lo sabíamos. Créanme, no lo saben. No del todo, al menos: distinguen los colores, y nosotros adquirimos esa capacidad por el cebo que supuso distinguir sus frutos maduros; poseen intuición e intención: su presente se representa en el grosor de cada capa del tronco, directamente relacionado con el rigor de cada estación; sus semillas recuerdan el pasado, su infancia, y brotan en el futuro en consecuencia.

Tienen memoria.

Los árboles recuerdan lo que nosotros hemos olvidado.

Y esa es la forma que tiene la vida de hablar con el hombre: la memoria. Dijo un sabio que los árboles son la forma que tiene la tierra para hablar con el cielo. ¿Dejaremos algún día de ser techo y tope y aceptaremos ser ese firmamento con el que tanto tiempo llevan tratando de comunicar? Debemos hacerlo, dejando atrás siglos de miedos, intereses, ignorancia, antropocentrismo. Que no sean los libros testamentos mudos y hueros de la más estrecha y triste relación que hubo entre el hombre y el árbol, siempre en una sola dirección. Está nuestro futuro en juego. Queda poco tiempo para devolverle la vida a la vida. Sí: los productos mas importantes de la evolución necesitan ayuda. No los árboles, a pesar de mi alegato, no. O no solo ellos. Nosotros. Porque sin ellos, no podremos ser. Ellos nos dan forma, como las flores a las abejas. Quieren conocerse, conocernos, y, en ese camino común, generar soluciones para resolver problemas medioambientales que ningún ser vivo (ni nosotros, que quede bien claro) sabe solucionar todavía, y que están camino de acabar con el hogar común de todos. Aquello de lo que cuidemos será a lo que nos parezcamos. Y aquello a lo que nos parezcamos nos sostendrá cuando ya no seamos nosotros.

Porque aunque todos los árboles sean cortados, aún quedará en ellos la esperanza. Sus brotes, sus hojas… Pero del hombre…¿qué quedará del hombre?

Las hojas de sus libros al viento, la memoria sin memoria.

EXHIFACEBOOKNISMO

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Solo somos el muro que retiene el jardín. (Eduardo Lizalde)

Nos sentimos pilas de Volta con ganas de brillar, y no somos más que peleles pasados de vueltas; azarosos accidentes, causalidades sin efecto, bailes de salón, mimadas pantomimas, muñecos de cuerda de colores chillones pero rotos por dentro.

Por eso vendemos carísima la verdadera amistad, los halagos sinceros, y tiramos de precio y al barro las lágrimas, las chanzas, los chascarrillos, los consejos gratuitos, las homilías, los panegíricos, la filosofía barata, los aplausos hueros, los lametones de culo, los tequieros de cartón, y esas verdades sinceras del borracho y del niño, de boquilla sin filtro.

Así, ahora todos somos poetas y escritores de muro, seres de luz devenidos en sombra, en sol y sombra al apurarnos de un trago; hacedores de retos que no importan a nadie, maestros de vida que imparten lecciones sin centrarse en vivir; portadores de posverdades absolutas, meras mentiras nacidas de vísceras, ignorancia y miedos.

Y al final, después de todo, si rascamos a fondo no encontramos más que humo; ni más ni menos que homo, mujer, hombre, mono; seres a veces sintientes, desdentados por la vida, mascando tragedias, atesorando momentos; rumiando palabras y pensamientos, tragando saliva y bilis, escupiendo veneno.

Minúsculos granos de arena, vilanos mecidos por el viento; enormes, gigantes, indefensos; blandos y calientes mojones de estiércol; niños asustados, crueles, hermosos, contrahechos, maravillosos, estúpidos, necios.

Tan locos por haber nacido como por seguir viviendo.

Y publicando en Facebook, entre medias, cada puto y condenado momento.

 

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HE OLVIDADO

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He olvidado.

He olvidado las palabras que me daban forma, mi vida, sed y destino; las que volcaba en escritos, el sueño del niño que nunca quiso ser escritor, el ratón de biblioteca, el tímido; los títulos de los libros por donde erraba de verdad cuando de mentira me sentía perdido.

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He olvidado todas las frases de amor que dije, las que no digo; los besos que detuvieron el tiempo, las primeras flechas de Cupido, el haber escupido contra el cielo; haber pecado y haber jodido, haber perdido una hermana y un hermano.
No haber querido casarme con nadie, ni siquiera contigo.

He olvidado el solipsismo, ser el centro de mi existencia, de mis adentros; la necesidad necia de sentirme necesario, los agravios comparativos, la belleza en los demás, el príncipe, el traje nuevo del emperador, el sapo; la gravosa obligación de ser la mejor parte de mí todo el rato.

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He olvidado los días en bucle, las lágrimas, las pilas de libros, los brindis al sol, los fantasmas, los hallazgos; a los que se apartaron de mi camino y a los que eché de un codazo; las filas de huellas hasta el horizonte, las horas andando, un pie detrás del otro hasta llegar a ningún lado.

He olvidado los claroscuros, cuando viví sumergido en brea, cuando toqué el sol como Ícaro; las cicatrices, los arañazos, las medallas, los hartazgos; al tipo que cogía polvo en un rincón, asomado en sí mismo, abismado. Al que nunca se detenía por miedo a toparse con su pasado.

He olvidado que fui feliz, que tenía un propósito sagrado; las baldosas amarillas, los espejos, los diarios; los paisajes tan hermosos, las vacaciones de verano; las miradas de ella, los ojos —marrones, verdes y dorados— que a mi alma se asomaron.

He olvidado.

 

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RECETA A PROPÓSITO DE UN AÑO NUEVO

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43 años recién cumplidos, y estoy pa echarme al arroz.

Valiente reflexión post cumpleañera para uno que se hace llamar escritor.

(Ánimo, juntaletras, puedes hacerlo mejor)

Al lío. Dice Eduardo Mendoza que la juventud es la época de la insatisfacción. Por ende (el adverbio, no el escritor), yo debería estar más que satisfecho. No es el caso. Los que nos sentimos escritores —nótese el hecho doloso de no utilizar el verbo “considerar”, tan inexacto como pretencioso— somos el arquetipo de la insatisfacción, los eternos insatisfechos. Lo estamos con lo que escribimos y más aún cuando no lo hacemos; cuando leemos algo realmente bueno y cuando, verdes de envidia, nos negamos a seguir leyendo. Y decía Clive Barker —y así toco los extremos de la literatura que me gusta— que somos nuestros propios cementerios. Que vivimos, bailamos, trabajamos y amamos entre las tumbas de las personas que fuimos. No puedo estar más de acuerdo. El niño que se mordía las uñas de impaciencia por empezar un nuevo libro murió; también el adolescente solitario que leía como los bulímicos se alimentan; igual que el joven que empezó a coquetear con la escritura, o el que más tarde se dedicaba a escribir cuando se sentía hecho mierda y al que un día anunciaron que iban a publicar, y casi simultáneamente sintió un orgasmo y que había ensuciado los calzoncillos. Incluso el hombre que escribe esta nota ahora mismo ya no es. Está enterrado dentro de mí.
Qué luctuoso. Cómo me gusta el dramatismo, ¿no? Leed “Hécate” si albergáis alguna duda al respecto. Pero en realidad no es para tanto. Cuestión de… propósitos de año nuevo, y no hay mejor momento para hacerlos, creedme; lo demás es borreguismo y consumismo. Lo que quería decir es que uno aprende a convivir con sus fantasmas, o, al menos firma un armisticio con ellos: con el niño que quería leer, con el chico que estaba jodido, hasta con el hombre al que de pronto escribir le sobró. Porque una de las pocas cosas que uno aprende (o debería) realmente en esta perra y bendita vida es que el tiempo en realidad no pasa: los que pasamos —y al tiempo nos pasamos…de Corinto— somos nosotros; que solo se hace viejo de verdad quien renuncia a sus sueños. Y yo estoy lleno de ellos. Hecho de ellos. De los recuerdos y sombras de los que fueron y de los que son ahora. Solo que ahora mis sueños han cambiado. Ahora mismo no tengo el coraje ni las ganas de practicar el viejo anhelo romántico del “seguir mis fantasías literarias y dormir bajo las estrellas”. No siento la pulsión enfermiza y continua de escribir. No deseo el don de Shakespeare, ni a ninguna de sus musas. No necesito sentir esa expectación febril que casi me hacía temblar al abrir un libro nuevo, ni la de buscar obsesivamente en ellos la magia.

Mi expectación ahora es verla, mi magia son sus ojos.

Así que con 43 años, feliz (no más que antes, pero sí a tiempo completo), escritor (más que antes, pero no a tiempo completo) debería sentirme como esa pieza de jamón añejo, o como carne de pescuezo, por lo malo. O brócoli o tofu o lo que sea que le echen al aliño mis amigos veganos.

(Lo que sea, menos solo)

Pero no.

Estoy pa echarme al arroz.

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