TRANSICIONES

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Mi relación con la poesía ha sido… circular. No encuentro una manera más gráfica para describirla. Porque me produjo poco interés en mi niñez y adolescencia, ebrio como estaba de prosa; por el acercamiento tímido y respetuoso que realicé en la madurez a la poesía más clásica, como bálsamo para aplicar a sentimientos que no lograba atemperar de otra manera; y por el nuevo desapego que, salvo contadas excepciones, me ha producido el conocer en persona y obra a varios poetas en mi deambular literario actual, motivados por un estilo de poesía demasiado libre para mi gusto.

Así que eso soy aquí y ahora: otro libertino más que se sube al carro de la poesía. Lo hago desde la coartada de este blog que es testimonio de mis palabras, desde el conocimiento y el respeto del que sabe que esto no es lo suyo, y con el propósito de no volver a hacerlo más, salvo en la intimidad.
Y porque creo que la poesía hay que exigirle como mínimo, aparte de belleza, honestidad y sentimiento.
Si no de la primera, de las otras dos creo que hay en estos poemas, publicados tal cual hace ahora un año y poco en la revista argentina «Realidades y Ficciones».

http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/2017/06/blog-post.html?m=1

 

TRANSICIONES

I

Nacido fuera de este mundo

parido para no ser de nadie

ni mío.

Nativo de la insignificancia mayúscula

insomne esclavo del desatino.

Espirales traza mi vida

con destino a ningún sitio.

Vuelvo al centro de mi adentro

vuelvo al lugar del que nunca me he ido.

 

II

Me ahogo.

Entre dos mundos me debato.

La profundidad insondable,

pretérito acechante que reclama

las deudas en salitre.

El cielo promete un futuro

que yo no aprehendo;

el Sol, anhelo que destella

para juzgarme insolvente.

Me ahogo.

 

III

Golpes.

Tambores.

Latidos monocordes.

Golpes.

Tambores.

Profetas inmisericordes.

Golpes.

Tambores.

Mi conciencia se desgrana.

Los días de mi vida,

el pulso de mi alma.

Golpes.

Tambores.

La nada se amalgama.

La soledad, mártir de mí mismo,

resonando me agasaja.

Golpes.

Tambores.

 

IV

HOMBRE DE ARENA

Yermo. Desierto. Desolado.

Arena hasta donde alcanza la vista.

Clepsidra que bombea arena por mis venas,

que agosta mis campos, seca mis pulmones,

que no entiende de sentimientos pero sí de omisiones.

Mi horizonte es arena,

un final donde tú empiezas,

un camino de huellas borradas que se alejan.

Desierto. Yermo. Desolado.

Arena que satura el aire.

El Sol exhala en mi adentro,

golem con tendones de piedra,

mejillas surcadas de plata,

simún en el alma y en el aliento.

Mi noche es la llamarada oscura de tu pelo,

una cuchillada de refulgente obsidiana,

el rostro pálido y enjuto del miedo.

Desolado. Desierto. Yermo.

 

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PRÓSOPON

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Prósopon se llama lo que me veis y lo que me tapa. La cara entera, partida; la sonrisa, viperina; la máscara, que no es puro teatro. Ha sido mi ser, mi verdadera naturaleza, durante el largo periplo en que reflexionaba y escribía sobre cómo puede permear en cualquiera de nosotros la propia sustancia de un dios.
Pues próximamente la arrojaré a un lado.
Este próximo mes de mayo, exactamente un año y un mes después —como la condena de un político por utilizar al Dios Dinero en vano— de que empezara esta mi más ambiciosa aventura literaria, presentaré por última vez “El molino de Dios”. Y será también para mí el final de una manera de entender la literatura (demasiado romántica quizás); de una forma de publicar (en una industria caníbal y superpoblada); de una forma de mostrarme al público (algo que siempre he odiado y ahora tolero). Pero no lo será de una manera de escribir, al menos en su esencia, porque eso, aparte de intransferible, es personal. Es más: es lo que me hace persona.
Por eso muy pronto os informaré de la fecha (el lugar ya está cerrado) y os lo anunciaré de la manera más hermosa que pueda, como hermoso intentaré que sea este último encuentro. Y festivo, que nos lo merecemos.
Así que de esta guisa, usurpando la cara bifaz de Jano —otro Dios, como no podía ser de otra manera—, el que vigila los comienzos y propicia los finales, sin hipocresía pero con alevosía, os aviso. Y os espero, claro.

 

 

HERMANOS HECHOS DE SUEÑOS

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La entrada de la caverna es una catarata. Los dioses lloran, y su sufrimiento es una voz terrible, uñas de llamaradas azules que desgarran el vientre del cielo. El hombre retrocede asustado hacia la hoguera. Una mujer y un niño se acurrucan allí, buscando amparo en su calor. Los tres presentan los mismos arcos de hueso salientes sobre las cejas, la frente baja y la cara proyectada hacia delante, sin mentón. El hombre, bajo pero muy fornido, se sienta junto a ellos. Percibe su miedo, el mismo miedo que tiene él hacia lo que ruge fuera, hacia lo que no se ve ni se puede abatir. Pero tiene algo para infundirles ánimo: su historia, la que le legó su padre, que a su vez le fue dada por el jefe de otra tribu. Señala una oquedad de la pared más cercana. Allí, plasmada en ocre, observan una mano de cuatro dedos. Mira a su mujer y a su hijo, y con voz nasal, empieza a contar la historia del antiguo chamán que la pintó soplando polvo desmenuzado de roca roja sobre sus propios dedos. La historia de un pueblo fuerte que abate a la caza con el vigor de sus brazos, y que aplaca al cielo a través de sus plegarias. De multitud de tribus dispersas por toda la tierra pero unidas por el tenue hilo de sus relatos.

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Una escena parecida a esta pudo darse muy cerca de nuestras casas. Al menos, en la que yo pasé la infancia, así lo hizo. A poco más de un kilómetro de casa de mis padres en Cáceres se encuentra, ya dentro del casco urbano, la Cueva de Maltravieso. Casi siempre la he conocido cerrada por una enorme verja de hierro, debido a distintos episodios de vandalismo que ha sufrido. Pero, como en una visita penitenciaria, me he asomado entre los barrotes a observarla, como si fuera un familiar; me he detenido a contemplar la enorme abertura que forman varios plegamientos de rocas calizas, y que dan paso a una serie de galerías bajas que no pueden visitarse. Y ahí, mi imaginación de escritor, alimentada por la previa visita a su centro de interpretación, han hecho el resto: imaginar a nuestros ancestros, los cromañones, nuestros abuelos sapiens, habitándola, y dejando en sus paredes decenas de improntas de manos hace la friolera de más de veinte mil años.

Pero hace unas semanas, un grupo de científicos del instituto Max Plank vinieron a poner patas arribas mis fantasías, y, de paso, todas estas ideas establecidas por la ciencia. Dataron de nuevo esas impresiones, utilizando las técnicas más modernas, y aumentaron su antigüedad hasta casi los 67.000 años. Hasta aquí, no parece extraordinario. Pero lo es, vaya que sí. Y lo es porque, en esa época…¡no había homo sapiensen Europa! ¿Y quienes vivían allí entonces? Una única respuesta posible: los neandertales.

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Neandertales. Esos familiares que creíamos lejanos y que las películas y las publicaciones antiguas pintaron como brutos, torpes, con rasgos simiescos. Los relegamos al lugar de primos terceros, necesarios como los de la propia familia para rellenar una boda, por más que no tengamos contacto con ellos. Pero es que lo tuvimos. Y mucho. Hibridamos. Sí, nos mezclamos, idea que hace unos años hubiera sido tomada por una locura. De hecho, cualquiera de nosotros, ahora mismo, paseando por la calle con nuestros pantalones y nuestras  ocupadas ocupaciones, poseemos en nuestro propio ADN entre un 3 y un 5 % de material genético neandertal. Eso significa que nuestra cercanía es mucho mayor que la que suponíamos. Como muchos estudios parecen atestiguar, habría que denominar a los neandertales como homo sapiens neandertalensis. Habría que llamarlos hermanos. Y no solo por esta evidencia de que nuestros linajes se cruzaron, sino porque tenían el cerebro tan grande como nosotros en proporción a su peso corporal, una capacidad de lenguaje muy parecida, enterraban a sus muertos y les realizaban rituales funerarios. Y, como demuestra la datación hecha en Maltravieso, poseían además la capacidad de expresarse mediante símbolos. Y esto es trascendente. Hasta este momento, no había pruebas de comportamiento simbólico que no hubiera sido realizado por nuestros abuelos cromañones. Y, a su vez, se pensaba que los neandertales habían aprendido a adornarse, a expresarse en las paredes, de ellos. Por copia y pega, vamos. Pero esta datación viene a decir que, como mínimo, hubo influencia mutua, y que, muy probablemente, fuimos nosotros los que les “copiamos” a ellos esta manera simbólica de expresarse.

¿Y es esto importante? Mucho. Muchísimo. Un símbolo es una cosa que representa a otra: una palabra, una imagen, una pintura. ¿Qué significado simbólico perseguía entonces pintar una mano en una pared? Elegir esa parte del cuerpo no fue casual. Es la que más nos define como humanos, la que arroja la lanza y acaricia, y demostraba tener anhelo de dejar constancia de esa humanidad; demostraba poseer la consciencia de uno mismo, lo que a su vez suponía la capacidad de ponernos en el lugar del otro, beneficiando así las relaciones sociales.

Y había millones de símbolos que rodeaban a nuestros antepasados: símbolos en el cielo estrellado, y en las nubes, y en los truenos, y en el perfil de las montañas que asemejaban animales petrificados; símbolos en las palabras del agua que corría brava, y en el idioma feral de los animales. Y llegó un momento en que el hombre no solo aprendió ese lenguaje de la naturaleza, sino que lo tradujo; aprendió a expresarlo en otros símbolos, en pinturas, en historias de las que aprendieron los hijos, que las legaban a los suyos en forma de tradiciones cuando formaban sus propias tribus.

Así, fueron transmitidas de población a población las normas del tiempo, el rigor de las estaciones, las querencias de las presas, los peligros de las aguas heladas y las bondades de los pastos de los valles. Aprendimos a establecer relaciones entre comunidades y a establecer planes de futuro.

Aprendimos, en definitiva, a establecer vínculos mediante las historias contadas a la luz de una hoguera.

No sabemos por qué, pero el caso es que los neandertales desaparecieron. Quizás nuestro cerebro era más eficiente, nuestro lenguaje más completo, nuestras armas más refinadas, o por simple superioridad numérica. El caso es que hace aproximadamente 40.000 años nosotros les sustituimos, y acabamos habitando sus mismas cuevas, pintando los mismos lienzos de piedra, contando historias semejantes a la luz de las hogueras.

Y eso, en la prepotencia que siempre ha caracterizado a nuestra especie, es lo que no se nos debería olvidar: que aprendimos a darle sentido al mundo dando sentido a nuestros propios sueños…a través de los de nuestros hermanos.manos1-1068x421

(Publicado en «El Digital de Tentudía», 4 de abril de 2018)

OTRA REALIDAD

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Leía, como tantos otros, “Patria” de Aramburu, y mientras lo hacía se me venía a la cabeza una nota que hizo Cela a su primera edición de “La colmena”. Decía allí que «su novela no aspiraba a ser más que un trozo de vida narrado paso a paso, sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre. Exactamente como la vida discurre.» Y añadía que no se puede novelar más que de esa manera.
Patria me ha gustado, claro. Es el reflejo bien estructurado, honesto y preciso de la vida sin disfraz, sin artificio, entiendo —y comparto— que porque si algo no lo necesita es precisamente la realidad cotidiana. Sobre todo aquella de odio que se dio en el Pais Vasco. Como tantos, yo también pienso que la realidad siempre supera la ficción. Y debe ser este un dogma para cualquiera que pretenda plasmarla.
Pero, de alguna manera, me he quedado a medias. No sé si porque veo la realidad cotidiana bajo otro prisma. O porque la imagino, y ahí está el problema: la vida que veo, la que de verdad me atrae, literariamente hablando, es la que vive en mí, y no la que transcurre fuera de mí.
Es así. No quiero ser Álvaro, el protagonista de “El móvil”, de Javier Cercas. No deseo sumergirme de bruces en la realidad hasta que, de literal, quede perdido en ella. Aunque al final alcance la felicidad. Y no pretendo ser fatuo ni displicente; pareciera que mi interior es un mundo complejísimo, y que con él, sin más experiencias ni influencias literarias, me bastara y sobrara. Que únicamente me apetece contar las vidas artificiosamente complejas, extravagantes. No es esa mi intención. Solo anhelo…desbarrar de mí, a partir de mí. Desde mi molde, desde mi particular particularidad, desde mis experiencias y mis tragedias personales, de una manera inductiva, contar esa otra realidad que me fascina y me llama como un ente vivo. Esa que todos, en uno u otro momento de nuestras vidas, cuando algo nos rompe por dentro, palpamos con los dedos o sentimos como un beso helado en la nuca; la que es a la vez aneja y ajena a esta. La que roza y toca en ciertos sitios. La que solo conocen de verdad los solitarios con dolo, los locos sin tratar o los que han sufrido la pérdida de lo que más quieren. Imaginar eso que ojalá nunca tenga que vivir, esas edades que aún no tengo o que ya tuve, lugares que no he visitado, tiempos que añoro y futuros que me dan miedo. Quiero delirar en sus mundos ignotos y en el hábito de sus pieles.
No hay más realidad que la imagen ni más vida que la conciencia, leí una vez. Denme entonces todas las vidas que mi conciencia imaginarse pueda.

 

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PARA, ELLA

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8 de marzo. Día H. Otro día más para ella. Porque ella, como tantas otras, no para. Ni en este día, que en teoría tocaba. Pero ella, voluntaria, ama de casa, madre con un hijo y además con un trabajo precario, no puede acogerse a ese derecho. Porque sería darse un lujo. Porque no cuenta con asuntos propios, o un “ficho por ti y mañana por mí”. Porque si lo secunda hoy, sencillamente no cobra. Ni comen los que están a su cargo. Así que paro un instante de currar, que es mi forma de apoyarla en su no parar, para escribir esto y hacerle una foto, y que vaya todo esto por las que han parado, pero sobre todo por las que no han podido hacerlo. Para que las cosas —y nosotros, ellos, todos— cambien y puedan hacerlo ellas. Y vaya en particular para ella, la que no para.
Porque un día, sin parar de hacer cosas, repararó en mí.

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UN NOBLE DESALOJO

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Ayer acabé una novela. Una novela corta, de poco más de cien páginas, pero novela al fin y al cabo. Y como era jornada de reflexión (y si no lo fue, visto lo visto, debería haberlo sido), yo, a diferencia de nuestros políticos, reflexioné. Y lo hice acerca de que lograr esto, cerrar una historia, nunca es fácil, pero que en esta ocasión ha sido particularmente difícil para mí. Ha habido momentos en que he sentido miedo de la obsesión que he tenido con esta historia. No, no he sido correcto. Eso era temor. El miedo llegó cuando me dí cuenta de que quien se había obsesionado era la historia conmigo. Sí. Sin darme cuenta, sin anónimo amenazante ni una mísera copa de por medio, ocupó mi cabeza, aposentó sus reales en mis meninges y me cambió la cerradura. ¿Cómo pensar en otra cosa que no fuera en ella? Durante estos meses ha sido mi Pepito Grillo, mi almohada, mi hombro y mi fútbol. Hasta que se ha hecho demasiado grande como para compartirnos; ha sentido deseos de emanciparse, de plasmarse, de dejar de ser algo abstracto. Y ante este desafío separatista de mí mismo, me he visto obligado —con la sutil ayuda de un forceps, cuadernos y algún lingotazo— a dejarla ser. Un abrazo, una maleta, suelto para el bus y adiós muy buenas. Es lo que tienen las historias. Todas. Malas y buenas, traten de lo que traten. Porque las volvemos reales al pensarlas. Y, por ser reales, todas importan, porque todas poseen el potencial para arrojar una nueva luz al mundo, o para cambiar el pensamiento de una persona, lo que al fin al cabo vendría a ser lo mismo. ¿No somos cada uno un mundo, cuentan las leyendas y los libros de autoayuda? Pues eso. Y si esto es cierto, también lo es que pueden acabar con todo. Siguiendo entonces el mismo razonamiento de antes, pero a la inversa, también —y sobre todo— pueden acabar con uno. Por eso es que esta historia ha sido un parto, aparte de un ejercicio de travestismo y un viaje en el tiempo. El reto ha consistido en ponerme en la piel —y, lo que es más complicado, en la mente— de la Condesa Erzsébet Báthory, una dama de la nobleza húngara de finales del siglo XVI y principios del XVII. Jamás me había atrevido con una mujer como personaje principal, porque, como siempre recalco en las presentaciones, me precio de conocer de mí lo justo y necesario, muy poco a mis congéneres, y menos aún al opuesto y a la vez complementario. De ahí la dificultad de arrostrar un personaje histórico así, a lo que hay que sumar su luctuosa vida, por la que tristemente ha pasado a la posteridad: asesinó a centenares de doncellas, y realizó extrañas ceremonias con su sangre.
Yo me he querido alejar de eso, de lo escabroso, por manido y por presentado en multitud de publicaciones, y me he querido centrar en el contexto histórico y político de la época, para situarnos y para situarla, para ver las grandes diferencias éticas y morales que existían entre su época y la nuestra, y, particularmente, sumergirme en su psique, en las causas y las motivaciones que pudieron llevarla a tales desmanes. Y no lo hago con pretensiones de justificarla, ni mucho menos, pero sí de de presentar la crónica de una locura tan diáfana y salvaje como difícilmente se ha visto otra en la historia, desde un prisma íntimo y muy personal. No sé si lo habré logrado, pero al menos, he logrado emanciparla de mí, que ya es mucho.

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MALDITOS ESCRITORES

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Qué bonita prensa tiene el escribir. Qué epatante resulta el decir que arrostras diariamente con arrojo y denuedo de otro tiempo el folio en blanco, como si en vez de ir a garrapatear cuatro putas palabras fueras a escalar el Himalaya a pelo y sin oxígeno.
Qué bien queda el darte de escritor; decir cuando te presentas «hola, soy escritor», o plantarlo así en una camiseta, o imprimirlo en una taza de regalo donde desayunar corn flakes, que en inglés mola más, mr. writer.
Cómo farda el soltarlo así, como quien no quiere la cosa, en la barra de un bar frente a unos ojos verdes encastrados en unas curvas de infarto, o cuando te presentan a unos amigos de tus amigas (que son tus amigos), o cuando tu madre lo comenta a las compañeras de banco en la misa dominical. Qué bonito, qué bonito. Que se besen, que se besen…ah, no, eso no. Solo quería hacer un apunte tan modesto como subjetivo a todos los escribidores que, como yo, se dedican, con mayor o menor suerte o talento —porque no, no monta tanto— a esto: estamos malditos. ¿O es que no os dais cuenta? Pues insisto: ES—TA—MOS—MAL—DI—TOS. ¿Es que a vosotros no os pasa? ¿Es que para vosotros esto no es una obsesión, la OBSESIÓN, así, en mayúsculas, y no la gilipolluá de dar un par de vueltas antes de salir de casa por si te has dejado unas luces encendidas? ¿No os sucede que cuando tenéis una historia en la cabeza no para de corretear con sus uñitas afiladas por vuestras meninges? ¿No se cansa de empujar desde dentro vuestros ojos, de pellizcar vuestras partes pudendas? ¿No os volvéis más irascibles, no buscáis la soledad como salida cuando todo —incluido vuestra visión— se vuelve un túnel? Y si la historia no arranca, no avanza, si las palabras se anquilosan, si lo escrito resulta hueco, si sentís que no habéis dado lo suficiente de vosotros mismos, que no os habéis eviscerado —porque solo desnudarse no es suficiente,amiguitos, y lo sabéis—, que no habéis dejado que vuestras tripas permeen lo suficiente en el folio… ¿entonces no sentís la tentación de golpear a alguien? ¿De llorar? ¿De mandarlo todo a la mierda y dedicaros al bello arte del origami, o a la lucha grecorromana, o a ver el reallity (sic) de las Campos?

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¿Vuestras noches no se vuelven rebullir de carne y tela, calor, digestiones eternas? ¿Y el día mareado, como si la vida de verdad fuera un sueño y los sueños la verdadera vida, la única cosa real y tangible? Y esa lasitud con la que se todo se desenvuelve, en la que todo se mueve, que no es ni bucle, ni niebla, ni limbo, ni la madre que la echó. Pero así pasan los días, cansado de estar cansado, ahíto de soñar, dispuesto a dar tu vida por despertar del sueño de Adán y encontrar la verdad como decía Keats —heurística utopía—, pero siendo incapaz de aprehenderla.
¿No sentís la locura rondándoos de continuo, como una voz en off —esa que habla en boca de personajes en vuestra cabeza mientras intentáis mantener una conversación coherente con alguien—, como una amiga on the hook (venga la mula al heno), como una piel que no acabas de mudar, como la cavidad de un diente que no puedes dejar de explorar con la punta de la lengua? ¿Que si el día menos pensado cualquier mínimo suceso pudiera empujaros definitiva e irremediablemente a sus brazos dementes, la acogeríais gustosos, porque así al menos tendríais una explicación —y un informe médico, de paso— para justificar todos estos síntomas de mierda que tenéis? Igual no es esto lo que os sucede. En ese caso…qué suerte. O no, qué se yo. Quizás todo esto que he escrito sea una broma y a la vez lo más serio del mundo, y puede que en esto consista escribir. Quizás ser escritor consista a su vez en ser un bienqueda, un anhedonista, un alérgico del sufrimiento…sobre todo si este es propio. Y quizás yo resulte un mal ejemplo de amanuense. Quizás me gusta la mala prensa, las tazas, las camisetas estampadas y ligar en los bares. Quizás me pone haber hecho aquí un Bukowski y haber logrado por fin escribir algo verdaderamente sincero, algo que por fin me ha salido de las tripas y a lo que no he dado mil vueltas. O puede que yo sea todo lo contrario: el típico sufridor por genes y por sangre, el romántico del XIX, el lobo solitario y desdentado comepapillas al que todo jode y bufa y al que solo le queda el consuelo del pataleo. O tal vez sólo soy un idiota que únicamente busca llamar la atención, que está lleno de ruido y de furia, sin significado, que en realidad no quiere ser escritor, sino vivir escribiendo. O un idiota que no distingue el hábito del hombre. Disculpas, señor Faulkner, mea culpa señor Blake. Igual solo soy yo, y como William, un maldito. Maldito por escribir.
Malditos escritores…

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